
Editorial del Nº 32 del 7 de junio al 7 de julio de 2008
Lo que ahora es un acto clandestino — encender fogatas esa noche — puede devenir mañana en ser un acto subversivo
La noche del 23 de junio nuevamente se encenderán fogatas, siguiendo así la tradición andina de la «noche de San Juan».
Estas fogatas arderán libremente en las zonas rurales, mientras que en las urbanas serán actos clandestinos. Los gobiernos municipales de las principales ciudades (a excepción de la ciudad de El Alto, en La Paz) disponen ya de un arsenal restrictivo y represivo para castigar estos actos. En La Paz, por ejemplo, las autoridades anunciarán ufanas, como cada año, que policías y brigadas especiales circularán (especialmente por las zonas periféricas) para apagar esas fogatas y hacer sentir el peso de la ley a los infractores.
El argumento represor se fundamenta en una supuesta defensa del medio ambiente. En realidad es una excusa hipócrita para reincidir en la agresión a las costumbres de nuestro pueblo. Excusa, pues se quiere exorcizar en una noche de implacable represión, la contaminación ambiental permanente y continua que se produce en nuestra sociedad y de la cual son mayormente responsables las autoridades de gobierno, nacional y municipal.
Constatemos, sino, la cotidiana emisión de gases tóxicos que los vehículos oficiales y privados — en especial camiones y transportes a diesel — desprenden en las calles de nuestros centros urbanos. Pensemos en el chaqueo que por semanas nubla la atmósfera de las ciudades, al ser el humo arrastrado de lejanas distancias donde la ausencia de control y la precariedad económica obliga a la quema anual de miles de hectáreas de bosques vírgenes. Evoquemos, para no prolongar la letanía, los desprendimientos tóxicos que las chimeneas de empresas extractivas y fábricas de transformación despachan a nuestra atmósfera, amparadas en la laxista legislación y el nulo control estatal que existe al respecto.
Sin embargo, para justificar presiones internacionales, se encubren esas fallas y se adquiere certificación de luchadores por el medio ambiente impidiendo una noche las fogatas de San Juan. De seguir así, lo que ahora es un acto clandestino — encender fogatas esa noche — puede devenir mañana en ser un acto subversivo, en la medida que los reprimidos se den cuenta que lo que se quiere es hacer desaparecer su propia identidad cultural.
En este, como en otros aspectos, la colonialidad sigue en marcha. Combatir la contaminación no es eliminar las fogatas de una noche, por mucho que empañen el cielo durante algunos días, sino modificar las condiciones sociales y políticas para así eliminar la contaminación ahora tolerada de los poderosos. Sólo en ese contexto podrá nuestro pueblo reinterpretar y adaptar libremente sus expresiones culturales.
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