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Editorial del Nº 37 del 7 de noviembre al 7 de diciembre de 2008

Editorial:

Qué, después del consenso constitucional

¿Este final de episodio presagia nuevos y mejores desenlaces o es sólo un paréntesis en espera de nuevos enfrentamientos?

En octubre del presente año llegó a su desenlace un episodio más de la telenovela de la nueva Constitución.

En un marco impresionante de movilización indígena y popular, el gobierno y la oposición llegaron a un consenso de modificación de la Constitución aprobada en Oruro el año pasado.

Muchos nos preguntamos por qué se esperó tanto para ese acuerdo, y por qué tuvieron que suceder enfrentamientos, miedos y muertos para terminar donde se debía haber empezado. La respuesta es, en realidad, difícil. Es también difícil predecir si este final de episodio presagia nuevos y mejores desenlaces o si sólo es un paréntesis en espera de nuevos enfrentamientos.

Quien sale debilitado de estos trances es el gobierno. Le es cada vez más difícil conciliar la radicalidad de su discurso con la tibieza de sus acciones y, a la larga, el pueblo estupefacto exigirá resultados palpables a los esfuerzos de apoyo y movilización que el poder le reclama.

En este sentido es extraño lo sucedido en la última movilización por la Constitución. La marcha de decenas de miles de indígenas, trabajadores y pueblo en general, se la hizo en un ambiente de «lucha final». La Consigna era: «no se cambia ni una coma a la Constitución». El temperamento de los marchistas era de quienes tienen conciencia de hacer historia.

Sin embargo, esas amplias masas fueron burladas. Vinieron por una Constitución y salieron — en ambiente festivo y con una errada ilusión de triunfo — con otra diferente, pues, entretanto, el gobierno y la oposición pactaron la enmienda de más de cien puntos en ese proyecto. Esos cambios no son formales ni superficiales, sino que afectan y modifican la perspectiva política de dicho documento.

Si el poder no aprovecha esta pausa en los enfrentamientos — que por muy fullero que haya sido su procedimiento no deja de ser menos real — le puede venir encima no sólo la recrudescencia del ataque de sus enemigos de siempre, sino la crítica y la desafección de quienes hasta ahora considera sus aliados incondicionales.

Habiéndose esfumado la ilusión de cambios drásticos y espectaculares (que es siempre la pretensión de los revolucionarios), queda el banal camino de la administración de lo real. Para que éste sea evidente y beneficioso para todos, sería conveniente que el gobierno aproveche estos momentos para desembarazarse de aquello que, en ideas y personal, buscaron siempre encaminarlo hacia caminos ilusorios y desencarrilados.

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