
Artículo de portada del Nº 14, del 7 de diciembre al 7 de enero de 2007

Redacción Pukara
El advenimiento de Evo Morales a la presidencia de Bolivia marca la culminación de un período importante en la historia de Bolivia.
Este período empieza con la revolución de 1952, cuando se trata de conformar un Estado nacional que logre hacer viable el proyecto boliviano. Las características de ese momento histórico serán la hegemonía de los llamados partidos nacionalistas, tanto en sus versiones de derecha como de izquierda. En lo cultural se tratará de absorber a la población indígena, haciéndola desaparcer bajo un supuesto mestizaje. En lo económico se tratará de que el Estado controle las principales fuentes de riqueza, que son las extractivas de minas y petróleo.
Este proyecto nacionalista fracasará estrepitosamente. El intento de hacer desaparecer a las naciones originarias culminará con la desaparición del instrumento creado para ese efecto, el sindicalismo campesino, o por lo menos con su metamorfosis radical como expresión de las naciones originarias. Surgirán organizaciones nuevas como la Central Indígena del Oriente Boliviano, CIDOB y la Organización de Ayllus y Markas del Qullasuyu, CONAMAQ, entre otras. Estas organi-zaciones enfocan la lucha de los indígenas del campo no bajo el molde cla-sista en el que se los quiso encerrar, sino bajo parámetos que toman en cuenta las reivindicaciones de tierra con territorio, es decir de identidad nacional.
A nivel económico el modelo de control estatal fue lentamente degenerando en la sumisión a los dictados de los modelos neoliberales. Políticamente los ideales y energía de este periódo fueron agotándose hasta concluir con la administración decadente y lastimera del ex presidente Carlos D. Mesa.
El elemento más interesante de este período es el nacimiento de oganizacio-nes políticas indias. En la década de los 70 y 80 del siglo XX se van conformando las primeras organizaciones políticas aymaras y quechuas, alentadas por las reflexiones del pensador Fausto Reinaga. El Movimento Indio Tupak Katari, MITKA, primero, y el Movimiento Indígena Pachakuti, MIP, luego, serán los mejores exponentes de este proceso.
Será sin embargo el MIP la organización que mejor representará esta tendencia. Hasta antes de su incursión en el terreno político, las organizaciones indianistas y kataristas no lograron un entroncamiento a nivel de masas ni gravitaron con notable resultado en el panorama político nacional.
El MIP bajo la conducción de su jefe nacional, Felipe Quispe, el Mallku, y con el soporte operativo de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, CSUTCB, dirigirá en los años 2000 y 2001, uno de los episodios contemporáneos más importantes de la insubordinación anti-colonial andina. Se trata del levantamiento indígena que culminó con un nuevo cerco a la ciudad de La Paz, equiparable por su magnitud con el protagonizado por Tupak Katari en 1781.
Este hecho político militar se expresó también en la autogestión de regiones enteras, en la evicción de las autoridades civiles, militares y policiales de varios poblados altiplánicos y en la instauración de un cuartel general andino en el cerro de Qalachaka, en la región de Achacachi.
Este levantamiento no concluyó en la toma del poder político o en la instau-ración de zonas de gestión liberada, por la ausencia de coodinación entre esta rebelión india con los otros factores de poder transformador existentes en esa época en la sociedad boliviana.
En efecto, simultáneamente la ciudad de Cochabamba era escenario de un levantamiento popular conocido como «la guerra del agua». Las organizaciones barriales, sindicatos, organizaciones cívicas y pueblo en general se levantaron contra la corrupción a nivel de administración estatal que se expresaba en negociados con empresas internacionales destinadas al suministro de agua potable en esa ciudad. De la misma manera en la cidad de La Paz y particularmente en la vecina ciudad de El Alto incubaban tensiones que se expresarían dramáticamente el año 2003.
El gobierno de entonces no pudo ni supo eliminar las causas de estos malestares. La visión hacia el indígena era condescendiente, de una falsa superioridad. Cuando el entonces ministro y actual senador de PODEMOS Wálter Guiteras se refería a la prensa sobre las negociaciones que llevaba adelante con la CSUTCB a la cabeza de Felipe Quispe, al referirse a los temores campesinos de que el gobierno los engañe en las negociaciones, decía con sorna e imitando el modo de hablar indio divulgado por Hollywood: «hombre blanco no mentir». Para estos q’aras la rebelión india era sólo una bravuconada; los derechos indígenas una exigencia infantil que se podía calmar con bagatelas y la demanda de poder político para el indio una ilusión descabellada de pobres e ignorantes.
De igual manera el poder político con-tinuó con la aplicación de su política neoliberal, desoyendo las advertencias de la Guerra del Agua de Cochabam-ba. De esta manera se fueron agudi-zando las contradicciones, las cuales hicieron explosión el año 2003, con la salida del gobierno del entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, el ascenso al poder del mejor historiador y peor presidente que tuvo Bolivia, Carlos Mesa, y el posterior triunfo electoral del Movimiento al Socialismo, MAS, y el acceso a la presidencia de Evo Morales.
De los años 2000 al 2003, la vida política nacional estuvo pendiente de Felipe Quispe y del MIP. Paulatinamente la falta de coordinación y entronque con las otras realidades que vive el país hizo que este proyecto político se opacara. Evo Morales y el MAS fueron quienes supieron aprovechar eventos en los cuales no participaron: los aconte-cimentos del 2000 y 2001, e incluso del 2003. Las exigencias de cambio social y de reivindicación cultural y nacional indígenas se volcaron hacia estos nuevos actores. Y el MAS triunfo allí donde el MIP fracasó. Ganó las elecciones de 2005 y Evo Morales fue el primer indígena presidente constitucional en la historia de Bolivia.
Hubiese sido posible que esta nueva realidad enterrara definitivamente a Felipe Quispe y al MIP, sin embargo no fue así, sino que más bien se da un proceso de reconstitución política. Para ello concurren principalmete dos factores.
El primero corresponde a la modificación radical del panorama polìtico a partir del ascenso de Evo Morales a la presidencia de Bolivia. Evo Morales de manera paulatina asume una identidad y enarbola unas banderas a las que, al parecer, no daba mucha importancia al principio: la descolonización y la liberación nacional de las poblaciones indígenas de Bolivia. Sin embargo al hacerlo canaliza la tensión contenida por siglos de opresión de estas naciones. El aymara, el quechua, el guarani sienten que de ahora en adelante todo tiene que ser distinto y que los partidos que representaban a la nación colonizadora no tienen que volver nunca más. Por ello quienes encuentran a Evo Morales aun tibio en cuanto a su identificación con los objetivos indígenas sienten que si debe haber alternancia esta vez debe ser entre indígenas, de ahí el apoyo creciente que comienza a recibir Felipe Quispe en su proyecto político de reconstitución política.
El otro factor que se convierte en apoyo para el proyecto Pachakuti proviene de quienes esperaban de Evo Morales acciones más claras y decididas de transformación social. Muchos no entienden cómo teniendo el apoyo mayoritario de la población, contando con mayoría en el Parlamento, con un gabinete por primera vez en muchos años de una sola corriente política y con un apoyo internacional decidido y atento, no solo de gobiernos como Cuba y Venezuela, sino también de la social democracia internacional, el actual gobierno pueda ser tan indeciso y vacilante.
Para estos sectores las reformas llevadas adelante por el MAS y las que están todavía en carpeta, parecen a medias aguas y pueden provocar en el futuro inmediato el retorno triunfante de las fuerzas políticas que fueron expulsadas del poder. El hecho de que Felipe Quispe haya sido un lider combativo, que estuvo en primera línea en momentos de enfrentamiento frontal y que posee reconocida capacidad de liderazgo de multitudes, hace que se piense en él como la encarnación de la fuerza que puede radicalizar este proceso y sacarlo del impase en el que muchos temen está entrampado.
Con estos antecedentes se efectuó el 14 de noviembre el congreso de re-fundación del Movimiento Indígena Pachakuti. Fue un congreso que con-cluyó con lineamientos innovadores que pueden proyectar a esta organización a niveles espectables en cuanto a protagonismo político.
Es importante recalcar que tuvo lugar un proceso de autocrítica importante. Se identificaron problemas que explicaron el alertagamiento de esta organización, luego de su brillante aunque breve protagnismo político. Entre estos factores se pueden citar los que corresponden al «encierro» de la política indígena en sí misma.
La resistencia anticolonial y la dureza de los mecanismos de represión, aculturación forzada, discriminación y explotación por parte de los colonizadores antiguos y actuales, hizo que el movimiento indígena desconfiara de los otros componentes de la actual sociedad boliviana. No supo distinguir amigos ni aliados, sean estos ocasionales o no. Se desarrolló una crítica global a la sociedad boliviana que concluyó en la elaboración de propuestas reducidas al extremo a la población indígena, lo que llevó a callejones sin salidas y a la inviabilidad política. Esta situación se complementó con un marco teórico que sobrevaloró al extremo la identidad y particularidades indígenas, aíslandolo de los elementos que se comparten con cualquier otro grupo social o cultural y creando así una visión a veces fanta-sista e inmovilizadora, pero exaltante, de la identidad indígena.
La respuesta dada en este congreso es la constitución de un organismo político indígena abierto a todos los que estén dispuesto a luchar en pos de un objetivo común: la descolonización, la liberación social y nacional de todos los pueblos que habitan en este territorio. En este proceso el indígena se propone como guía y hegemonía política, no solo por la importancia de la cantidad numérica que tiene dentro de la población de este país, o por la legitimidad de ser pueblo colonizado, sino porque se siente la población que puede representar y repercutir con mayor intensidad y claridad los objetivos de construcción de un nuevo orden social, orden nuevo que deberá estar basado en principios sociales y culturales originarios que se ponen al servicio de todos los habitantes que quieran luchar por un ideal de bien común.
Así la cultura es una fuente de potencia transformadora y no un refugio para consolar la identidad en riesgo. Esa potencia deberá nutrirse con todo aporte nuevo para cumplir, justamente, su función revolucionaria.
Esta nueva actitud está simbolizada por el nombre que se adoptó para este renacimiento: Movimiento Pachakuti. Se elimina así de su sigla el término «indígena» pues en significado era reiterativo con el mensaje que trasmite el concepto «pachakuti», dando lugar a desviaciones que eran interpretadas por algunos como racismo o cultura-lismo.
El Manifiesto firmado al finalizar este congreso prefigura los lineamientos tácticos que en este período este movimiento político está encargado de desarrollar. Se señala la insurección del año 2000 como el inicio del proceso de autodeterminación (Pachakuti) del cual el actual gobierno es una de sus consecuencias. Se alerta sobre el hecho de que la descolonización sólo puede culminar si se es radical con los procesos de transformación. En lo económico eso significa deshacer los cimientos de los poderes feudales, oligarcas y neoliberales que aun perduran en Bolivia.
En este sentido el documento recuerda que las consignas del levantamiento de octubre del 2003, que logró botar del poder al gobierno del MNR, fueron: ¡NO a la exportación de gas, ni por Chile ni por el Perú! De ahí que la actual política del MAS respecto al gas sea duramente criticada, pues el gas que ahora se exporta a la Argentina es, en los hechos, gas que se envía a Chile. Por otro lado despierta sucep-tibilidad las aproximaciones entre el gobierno de Evo Morales y el gobierno Chileno, que pueden concluir en la claudicación de los imperativos de Octubre del 2003. La política del Movimiento Pachakuti en este sentido es: No a la exportación del gas, sí a su industrialización.
El objetivo político es «Hacia un gobierno propio con soberanía sobre nuestros recursos».
Sobre la espiritualidad andina, ésta tiene que ser una espiritualidad de combate, no de evasión ni de folclorización. una espiritualidad ligada a la vida social y a la lucha por la transformación: «Nuestro movimiento se ensancha de espiritualidad con ajayu, con un brazo político militar, ideológico y movimento social».
Una característica anterior de los movimientos indianistas y kataristas fue la excesiva atomización, impulsada frecuentemente por grupos políticos con-trarios. El Movimiento Pachakuti declara «una amnistía para todos los militantes que se alejaron o tuvieron discrepancias por diversas causas».
Es necesaria una nueva ética en la política, por ello se propone «Superar la cultura colonialista de aprovechamiento del cargo público, como sucede con la corrupción y nepotismo que sacude actualmente al MAS».
«Tierra y territorio para los pueblos originarios, ninguna concesión a los terratenientes: la Pachamama no se vende».
¿Cómo construir una nueva sociedad sino somos verdaderos dueños de nuestras riquezas?: «La diversificación del gas con otros sectores de la economía, como la minería, las termoeléctricas y la petroquímica no se asoma en este negocio del gobierno con las transna-cionales».
«Para (el departamento de) La Paz, como es de prioridad nacional y departamental, viabilizar en el corto plazo el complejo agroindustrial de San Buenaventura, con expropiación de las tierras que no cumplan función económica y social de la provincia Iturralde».
«Construcción de un ducto (de) mayor diámetro para la exportación del gas para la región occidental, especialmente para la ciudad de El Alto y la pequeña industria allí existente. Cobertura del 100% de gas domiciliario, para el área rural y urbana, ¡cambio de la matriz energética ya mismo!»
«Denunciamos la inoperancia de los levantamanos del Parlamento y la Asamblea Constituyente, que sólo gastan nuestros recursos a grandes cantidades con asesores, asistentes y burocracia».
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