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Editorial del Nº 17, del 7 de marzo al 7 de abril de 2007

Editorial:

¿Qué filosofía política tiene el gobierno en Bolivia?

Se está construyendo un discurso neo indigenista donde lo exótico y fantasista prima sobre lo real y objetivo

La propaganda gubernamental habla bastante de los cambios profundos que se estarían realizando en nuestra realidad social y nacional.

La utilización de conceptos fuertes en significado como «nacionalización» y «descolonización» es común en esta propaganda. Sin embargo no existen aún medidas concretas que justifiquen esas declaraciones.

Es cierto que la aplicación de cualquier política no puede ser inmediata y que sus efectos —cualesquiera que sean— son por definición más lentos a percibir. Por otro lado, es también cierto que depende de la Asamblea Constituyente el definir los lineamientos fundamentales del futuro Estado y que, mientras tanto, sólo queda administrar la situación en los términos ya establecidos.

Empero, esas mismas justificaciones deberían obligar al gobierno a ser más cauto en su propaganda, a riesgo de vender aquello que no tiene y, por discordancia entre expectativas y realidades, provocar el quiebre de la responsabilidad que le toca administrar.

Es necesario, empero, detenernos en el fundamento ideológico de esta actividad propagandística. Es comúnmente difundido que el actual es un gobierno indígena. No vamos a incidir en el hecho de que en un país en el que se afirma que por lo menos el 65 % de la población es indígena, menos del 5 % de los jerarcas, operadores y funcionarios de este gobierno lo son y que ocupan los puestos menos expectables, lo que desde ya haría un curioso gobierno indígena en los esquemas coloniales de costumbre. En este contexto, ¿será, al menos, la ideología y filosofía política de este gobierno indígena?

Constatamos con sobresalto que el ropaje indígena con que se viste el gobierno no sólo es ficticio, sino que puede ser contraproducente para los intereses históricos de los pueblos originarios.

Ficticio porque se está construyendo un discurso neo indigenista donde lo exótico y fantasista prima sobre lo real y objetivo.

Desde luego, para motivar la atención de las cámaras de televisión (especialmente la de los corresponsales) es mejor inventarse cosmovisiones miríficas o enfocar una q’owachada en el Palacio de Gobierno, que reflejar la banal cotidianidad de las comunidades. Contraproducente, porque esas actitudes generan a la larga discursos y prácticas que perjudican la consecución de los objetivos de los pueblos originarios, acarreando, también, descrédito al discurso oficialista. Para lograr nuestros objetivos y vivir bien, no es necesario inventarnos una identidad al gusto de intereses por demás extraños.

Si esta tendencia se confirma en el actual gobierno, será necesario interrogarse sobre la verdadera naturaleza de unos «cambios» que intentan camuflarse detrás de ese discurso neo indigenista.

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