
Editorial del Nº 20, del 7 de junio al 7 de julio de 2007
La dicotomía entre fervor popular y poder político-religioso ajeno es todavía vigente en la actualidad
La Fiesta del Señor del Gran Poder, que se realiza todos los años en la ciudad de La Paz el primer sábado del mes de junio, congregó una vez más una cantidad impresionante de grupos de danza y espectadores, así como personeros y altos funcionarios públicos a la pesca de fácil popularidad.
Los orígenes de esta festividad están en el culto a una imagen de Jesucristo que tenía originalmente tres rostros. Por esta particularidad esta pintura fue objeto de la persecución por parte de la jerarquía de la iglesia Católica: buscaba eliminarla de la devoción popular, mientras la población la protegía. Finalmente, la imagen fue retocada pintándosela un solo rostro.
Son, quizás, esas vicisitudes las que implantaron las raíces de una religiosidad popular que congrega hoy en su festividad a más de 300.000 personas. La original dicotomía entre fervor popular y poder político-religioso ajeno, tiene, sin embargo, lacerante vigencia.
Ya no se trata de la oposición entre población y jerarquía eclesiástica, sino entre pueblo de raíces originarias con los actuales regentes municipales, quienes han asumido el papel de mandones políticos, culturales y religiosos en esta festividad.
Cuando a inicios del siglo XX empezaron los pobladores de origen andino a participar en esta celebración con abundancia de grupos de música y de baile, no solamente la jerarquía eclesiástica, sino también los gobiernos municipales de entonces intentaron prohibirlas.
La represión que se desarrolló entonces fue una verdadera guerra de exterminio cultural. Autoridades e intelectuales bolivianos veían con horror cómo «los indios y los cholos» bajo «pretexto» de adorar a Cristo bailaban desenfrenados, derrochaban el dinero en trajes exóticos y bandas de música y se emborrachaban sin el menor escrúpulo. En la opinión de nuestros opresores de entonces, había que hacer desaparecer esa salvajada.
La opinión de los opresores de nuestros días es la misma. Existen sin embargo diferencias. Antes estaban en la acera opuesta, ahora están infiltrados en la celebración misma. El Gobierno Municipal de La Paz intenta recuperar esa festividad para «aseptizarla» y en ese trajín tiene la osadía de proponerla como «patrimonio cultural de la humanidad».
El alcalde paceño –con derroche de recursos y plazos– acaba de remodelar la avenida Camacho, para prohibir a indios y cholos su uso durante la Entrada del Gran Poder. De preferencia les permite estar en grandes fotos, como decorado, en vías como la periférica de la zona sur, para deleite e ilustración de los verdaderos paceños civilizados. Interesante «revolución democrática descolonizadora» de uno de los más importantes aliados políticos del MAS.
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