
Editorial del Nº 23 del 7 de septiembre al 7 de octubre de 2007
Ahora el oriente del país murmura “independencia”, mañana puede ser el occidente quien realice la autodeterminación
A fines del mes de agosto el alcalde de Santa Cruz, Percy Fernández, declaró públicamente que lo más conveniente para resolver definitivamente la crisis política que vivimos, era dividir el actual territorio boliviano en dos naciones: la oriental y la occidental.
La “nación oriental” correspondería a los departamentos de la llamada «media luna» (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, más Chuquisaca y parte de Cochabamba); la “nación occidental” sería los departamentos restantes: La Paz, Oruro y Potosí, más un resto de Cochabamba.
Esas declaraciones provocaron un rechazo casi unánime, en el que se destacó la inconsecuencia, la doblez y el estupor en el discurso oficialista.
Inconsecuencia, porque la agitación política promovida por el actual poder ha utilizado el discurso autonomista de los pueblos originarios como arma para contrarrestar la demanda autonomista del oriente boliviano. ¿Si es legítimo plantear autonomías, por qué sería ilegítimo evocar el nivel superior de autonomía que es la autodeterminación nacional?
Doblez, porque la política del MAS no plantea seriamente la autonomía, sea esta indígena o q’ara. El modelo centralista de Estado, subyacente en los principales cerebros operadores del actual régimen, es radicalmente antagónico a cualquier veleidad autonomista. La utilización de esta categoría como concesión a las reivindicaciones indígenas hace solamente parte de una cuadro de manipulación de las organizaciones sociales e indígenas, práctica en el que descollaron anteriores regímenes y en el que el MAS ahora no se queda atrás.
En efecto, la historia boliviana está repleta de casos en que la discordia entre colonizadores (o entre sus descendientes) se dirime mediante la sangre de los indígenas. Son estos quienes, empujados por uno u otro bando y a veces simultáneamente por ambos, sirven para resolver las contradicciones de sus opresores. ¿Se inscribe en esta caracterización el manoseo del indígena por el actual gobierno, cuando se lo envía primero a desfilar disciplinadamente bajo la bandera boliviana en Santa Cruz, para «atemorizar» a la «nación camba» y cuando luego se lo quiere hacer marchar bajo la wiphala y en son más guerrero para amedrentar a los capitalinos chuquisaqueños?
Estupor, porque el gobierno empieza a darse cuenta que el control de la situación empieza a escapársele de las manos. Es, en esta coyuntura, el Oriente del país el que mediante la voz del alcalde de Santa Cruz (quien expresa en voz alta lo que muchos musitan por lo bajo), expresa deseos independentistas. Si el gobierno no resuelve adecuadamente la tarea pendiente descolonizadora, será el Occidente del país quien proceda a la lucha de autodeterminación, con la validez moral e histórica que le da ser el territorio de las naciones aymaras y quechuas históricamente colonizadas.
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