
Artículo de portada del Nº 26, del 7 de diciembre al 7 de enero de 2008
Juan Apaza*

No es casual escribir sobre los Ponchos Rojos. La prensa ha escrito bastante sobre acciones e intentos de quienes ahora así se denominan. Por ello es necesario aclarar el origen de este grupo y su simbología, que proviene de nuestra historia más recóndita.
El poncho rojo tiene un significado importante para la nación aymara, pues representa un estado previo al awqa pacha (período de guerra). Nuestros antepasados lo utilizaron en su lucha contra la opresión, explotación y sometimiento que implantaron los españoles primero y los republicanos bolivianos después. En esta lucha justa, el significado del poncho rojo fue siempre la reconstitución del milenario Qollasuyu – Tawantinsuyu.
En la década de los años 1980, precisamente en 1985, usaron el poncho rojo grupos insurreccionales como el denominado Ofensiva Roja de Ayllus Tupajkataristas, conocidos también con el nombre de Ayllus Rojos, quienes declararon guerra al sistema explotador del Estado boliviano. En la década de los años 1990, el Ejército Guerrillero Tupaj Katari, EGTK, guerreó también con este sagrado uniforme.
El actual vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, fue también integrante del EGTK, de ahí que conoce el simbolismo del poncho rojo, pero parece que lo está traicionando. Este actual dignatario de Estado afirmaba en Warisata en uno de sus discursos el 20 de septiembre de 2006: «Caminábamos con un poncho rojo y debajo del poncho rojo un (fusil) fal». Ahora García Linera empuja a que los indios entreguen su poncho rojo a los mismos militares que antes divagaba encañonar y disparar con su fusil fal. Sin embargo, ¿habría sido capaz nuestro vicepresidente de acto tan heroico? Felipe Quispe, fundador del EGTK y entonces jefe político militar de García Linera, declara que este nunca utilizó un poncho rojo: «si alguna vez tuvo alguno, seguramente se lo compró después».
En el aniversario de los 181 años de creación de la provincia Omasuyos observamos cómo una nueva reedición de los Ponchos Rojos desfilaba, pero esta vez homenajeando al poder y, a través de él, a los militares. Por el hecho de que ahora tenemos un presidente con nuestro mismo rostro, se están escudando detrás de él actores y acciones que antes hubiesen sido criticables, salpicando con errores quizás fatales a nuestros gobernantes.
En ese desfile algunos hermanos de Omasuyos portaron viejos fusiles mauser. Por el discurso de nuestros gobernantes, pensaron quizás que se estaba haciendo una demostración de fuerza y autonomía. Sin embargo, apenas días después, el 25 de enero de 2007, la prensa nacional titulaba: «Morales instruye el desarme de los Ponchos Rojos»: «Las Fuerzas Armadas recibieron la instrucción de desarmar a los Ponchos Rojos que el lunes marcharon frente al presidente Evo Morales, con algunas armas de fuego».
Eso no es todo, la prensa también reprodujo declaraciones del Alcalde de Achacachi, Eugenio Rojas, en sentido de que «Hay que hablar a la gente para que entreguen sus armas. Todo dependerá de la negociación». Rojas, a quienes muchos atribuyen el montar artificialmente una nueva versión de los Ponchos Rojos con objeto de promocionarse políticamente ante el nuevo gobierno, mostraba así una faceta especuladora y maniobrera hacia nuestra causa y símbolos. Para rematar el asunto, la misma prensa reproducía declaraciones del Comandante del Ejército, Freddy Bersatti, quien indicaba que nadie en el país debía utilizar armas de pequeño o gran calibre, salvo las Fuerzas Armadas, calificando de «desubicados» a quienes portaban fusiles en ese desfile.
Esta situación nos alarma, pues el actual gobierno del MAS en su deseo de legitimarse y mantenerse en el poder, está contribuyendo a desacreditar símbolos cuyo prestigio costó sangre y es-fuerzo a la nación aymara, inutilizando de esta manera lo que podía haber sido su verdadero sostén y apoyo.
El intento de algunos operadores del verdadero poder en el gobierno, parece ser de utilizar la figura del indio sólo para dar miedo a sus oponentes, sin que el indio pueda detentar el poder y luchar por sus propios intereses. Así se explica el desfile del que hablamos arriba. También el desfile del 6 de agosto pasado en el que «Ponchos Rojos» con estudiado paso marcial des-filaron junto a las Fuerzas Armadas bajo la tricolor boliviana y escondiendo nuestra wiphala, lo que es un escupitajo a nuestro símbolo milenario. También están en este camino los envíos de «Ponchos Rojos» para atemorizar a los racistas sucrenses. Sin embargo, lejos de atemorizar a los enemigos, estos se regocijan viendo a «Ponchos Rojos» dóciles, desubicados e inofensivos.
En esta farsa tienen responsabilidad líderes que no se dan cuenta de la magnitud histórica de mal utilizar simbolismo tan importante. Generación tras generación, siglo tras siglo, el indio ha mantenido su lucha que no concluirá ni terminará mientras no recuperemos el autogobierno, un autogobierno que es la liberación del indio y la liberación del mismo blanco, tal como afirmaba Fausto Reinaga.
En la época contemporánea han sido los Ponchos Rojos los principales actores y ejecutores de la RE–VUELTA. Es-ta Re–vuelta no es una «revuelta» simplemente, pues se trata de seguir los pasos de nuestros héroes y abuelos, que siempre lucharon por volver al Qollasuyu–Tawantinsuyu, por recuperar la autonomía política. En ese camino estuvieron Tupaj Katari, Bartolina Sisa, Tupaj Amaru, Micaela Bastidas y el Willka Zárate entre muchos.
Los Ponchos Rojos fueron continuadores y profundizadores de este sendero, no pueden convertirse ahora en sus negadores. Los líderes bolivianos, ayudados por líderes nuestros desindianizados, pretenden distorsionar este camino y extraviarnos. Pretenden dormirnos, hacernos olvidar nuestro objetivo que no es otro que la toma del poder, el PODER INDIO. Si el gobierno y el MAS continúan con esa política errada, solamente estarán abriendo paso a la confrontación de indio contra indio, pues sería absurdo pensar que no existe conciencia y que todos nos podemos dejar manipular.
El MAS únicamente quiere utilizar al aymara para amedrentar al camba. Al igual que pasó en 1899, cuando el Partido Liberal de José Manuel Pando utilizó al indio para derrotar a su enemigos conservadores, ahora el actual gobierno quiere manipular al aymara para derrotar a sus enemigos de Santa Cruz y de la racista Chuquisaca, de la llamada «media luna».
Con esa manipulación es imposible liberarnos. Los Ponchos Rojos tienen la obligación de seguir el camino de Tupaj Katari: luchar por nuestro propio interés y no por el del enemigo. Achacachi es famosa por ser epicentro de la re-vuelta. El año 2000 y el 2001 se dio un paso importante de autogobierno, expulsando a los símbolos y agentes del poder colonial. Ahora esos símbolos y agentes están entrando de nuevo con paso de parada, bajo la protección de un «gobierno indígena».
Si los actuales «Ponchos Rojos» toman definitivamente el camino de la claudicación y la usurpación, habrá seguramente quienes recuperarán ese símbolo y sabrán lavar la afrenta histórica que la ha mancillado. Entonces estos verdaderos Ponchos Rojos dirigirán dignamente la liberación de nuestro pueblo y cualquier enfrenta-miento de indio contra indio será sólo responsabilidad del actual gobierno.
* supacriv@latinmail.com
Carlos Guillen

El jueves 22 de noviembre, en un cabildo organizado en Achacachi, personas identificadas como «Ponchos Rojos» luego de golpearlos cruelmente, procedieron a degollar públicamente dos perros, como símbolo de lo que les espera a los Prefectos y otros opositores al actual gobierno si continúan con su política, llamada obstruccionista.
Este hecho provocó polémica y varias críticas feroces por parte de sectores de la clase media, hacia el «salvajismo» de los indios.
¿Qué podemos desprender de estos hechos? En primer lugar es importante hacer notar que el degüello o sacrificio de perros o canes, no es parte de la cultura andina o específicamente aymara. Por el contrario, por ejemplo, que un vehículo atropelle a un perro es considerado qhenchha, es decir de mal agüero, que trae mala suerte a quien lo comete. Por ello también se aleja de un preste o fiesta a perros que pelean entre ellos, pues se cree que ello podría motivar lo mismo para las personas que están reunidas. Se suele sacrificar perros, especialmente si son negros, con fines terapéuticos, por ejemplo para sanar las roturas de huesos, pero el sacrificio gratuito o con motivaciones de odio como se hizo en Achacachi es algo completamente extraño a nuestra cultura.
Entonces ¿por qué se hizo ese sacrificio? Todo parece indicar que la influencia de la política está distorsionando nuestra cultura, para utilizarla para fines contrarios a los nuestros.
Ya hemos visto esa utilización en la Asamblea Constituyente. La presidenta Silvia Lazarte que es quechua del Chapare utiliza en todo acto político o de celebración social un q’epi en la espalda, es decir un atado de awayu, lo que es realmente risible para nosotros. Este tipo de q’epi para mujer sirve para transportar los elementos de viaje o de trabajo y se lo usa en esas condiciones. ¿Cuándo se ha visto que una mujer entre con su q’epi a una fiesta, una actividad social importante o un evento en nuestra sociedad? Si lleva q’epi se lo saca, como se lo hace cuando una mujer entra en una movilidad, por ejemplo. El uso de ese bulto por la constituyente Lazarte como indicador étnico, parece inducido por asesores extranjeros para que, fuera de Bolivia, la gente esté convencida de que una indígena es presidenta de la Constituyente, pero indica también un completo desconocimiento de nuestros propios usos y costumbres.
Todo nos lleva a pensar que el entorno q’ara del presidente Evo Morales fomenta ciertos aspectos culturales que le son ajenos para justificar sus intereses, para legitimar el poder que ahora tienen. Pero en ese intento las cosas se le pueden salir de control, y quizás eso sucedió en Achacachi.
Ese mismo entorno desarrolla una ideología del indio de tipo metafísico, cosmovisionista y holístico, como ellos llaman, atribuyendo al indio virtudes que son elucubraciones de cerebros q’aras que buscan sólo medrar o cobrar interés político. Así desnaturalizan conceptos como el suma qamaña, el qhapaq ñam, la tetraléctica y otras disquisiciones, semejantes al esoterismo occidental. En esas concepciones el indio es casi un sabio con un mensaje de salvación para la humanidad: El indio es pacifista, vegetariano, sabe entablar coloquio con animales y plantas y distingue el sexo de las piedras. Esa imagen que gusta mucho en occidente y la difunden incluso a través de embajadas, sufre un gran revés cuando se ve indios degollando perros.
Pero poco nos importa lo que necesita el inconsolable alma occidental para lavar su conciencia, o las mentiras que para ello quieren aportar algunos teóricos y operadores del actual gobierno. Lo que nos preocupa es nuestra situación y derechos aquí, en nuestro territorio. Y el degüello de perros ha desencadenado una furibunda campaña de desprestigio por parte de los sectores racistas y anti indios que cada vez están más fuertes y agresivos en Bolivia: ¡He aquí la prueba de que los indios son salvajes, agresivos, rústicos e inhumanos!, dicen. Tal tipo de personas sólo merecen ser gobernados, ¿cómo aspiran al autogobierno, a la autodeterminación? A esta gente, insisten ellos, debemos civilizarlos o matarlos de una buena vez.
Hermanos, que no nos reduzcan a simples mataperros. Que tampoco nos presenten como ángeles caídos del cielo pero mudos e impotentes para gobernarnos nosotros mismos. Somos una sociedad que necesitamos el autogobierno, la descolonización aquí y ahora. Hacia eso debemos caminar, a conquistar el poder político y no ser más juguetes de nadie.
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