Inicio

Periódico del mes

Números pasados

Eventos

Suscripciones

Enlaces de interés

Características del periódico Pukara

Sobre nosotros

Contáctenos

Artículo de portada del Nº 29, del 7 de marzo al 7 de abril de 2008

Sucedió en 1921: Sublevación y masacre de Jesús de Machaqa

Roberto Choque Canqui*

Justino Llanqui, nieto de Faustino Llanqui
Justino Llanqui, nieto de Faustino Llanqui en el acto de recordación de la sublevación de 1921, el 12 de marzo de 1997 en Jesús de Machaqa. Foto: Esteban Ticona

En homenaje a los 87 años de la rebelión y masacre de Jesús de Machaqa es oportuno recordar una parte de la historia de nuestros pueblos, que supieron luchar por su existencia enfrentando a sus explotadores: terratenientes o vecinos de los villorrios, autoridades locales y sacerdotes.

Jesús de Machaqa, al igual que otras comunidades antiguas markas aymaras, tiene una larga e importante historia que abarca desde más allá del período inka hasta el presente1. En esa larga historia están presentes sus protagonistas que mantuvieron y defendieron no solamente la integridad territorial de la comunidad, sino también evitaron la penetración de haciendas foráneas tanto en la colonia como en la república. Jesús de Machaca es justamente la única marka aymara que supo mantenerse como una comunidad originaria de doce ayllus desde sus orígenes hasta la reforma agraria de 1953.

Se ha trabajado sobre la historia de la rebelión de Jesús de Machaqa de 1921 para poder entender la magnitud de la explotación inhumana de los comunarios de los doce ayllus2. Para conocer con amplitud se ha indagado su vinculación con los cambios políticos y movimientos sociales de esa época3. Ese trabajo una vez publicado llegó tanto a los investigadores como a los comunicadores aymaras. Estos últimos fueron justamente quienes reflejaron esta historia a través de una novela de 120 capítulos en la Radio San Gabriel, lo cual contribuyó mucho para su mejor conocimiento y concientización. Los hermanos Florentino e Inocencio Cáceres habrían de tener un rol importante para difundir este trabajo. De esa manera, en 1989 se logró llegar a los propios machaqueños para que celebrasen cada año el aniversario de la rebelión del 12 de marzo de 1921. Después de siete años de esa primera celebración, se completó el trabajo con la información oral recogida de los comunarios4. La presentación del mismo se desarrollaría en el mismo año en Qhunqhu en presencia de los comunarios.

A través de la investigación se observa que siempre existieron constantes acechanzas de rebelión. Es así que el movimiento indígena fue tomando cuerpo hasta ese momento, prácticamente a partir de Pablo Zárate Willka. Los llamados caciques apoderados ya habían asumido su rol en la defensa de las tierras comunitarias frente a la Ley de Exvinculación de 1874 que permitía su expoliación a favor de nuevos hacendados desde los gobiernos del Partido Constitucional (Conservador) y durante los gobiernos del Partido Liberal y del Partido Republicano (1900-1930). Los comunarios de Jesús de Machaqa entretanto habían soportado la tiranía de su corregidor, Lucio Estrada, hasta antes de la caída del gobierno liberal. Con el derrocamiento del Partido Liberal en 1920, el gobierno estaba en manos de Bautista Saavedra del Partido Republicano y la situación política en Jesús de Machaqa no había cambiado puesto que  Estrada volvía en 1921 a ser nuevamente corregidor del cantón de Jesús de Machaqa.

Como no había justicia para los comunarios de Jesús de Machaqa, el cacique apoderado Faustino Llanqui y su hijo Marcelino, conjuntamente con el cabildo planearon estratégicamente aplicar la justicia comunitaria contra el corregidor y su familia, ejecutando sus acciones en la madrugada del 12 de marzo de 1921. La reacción gubernamental y de los vecinos fue inmediata  puesto que, utilizando a los soldados del regimiento Avaroa, procedieron a la masacre de los niños, ancianos y mujeres. La venganza de los vecinos fue completada mediante el incendio de las casas y el decomiso del ganado de los comunarios de Jesús de Machaqa. No conformes con ello, luego empezaron las persecuciones a los cabecillas, especialmente a Faustino y Marcelino Llanqui, quienes una vez capturados fueron remitidos a la cárcel.

La repercusión de la sublevación de Jesús de Machaqa tuvo impacto en todo el departamento de La Paz, abarcando las provincias: Ingavi, Omasuyos, Los Andes, Camacho y Muñecas, Pacajes, Murillo, Yungas, Loayza, Inquisivi y Sicasica (hoy Aroma y Villarroel). En Cochabamba llegó a impactar en los pueblos de Qhillaqullu, Tiraqi y Tapakarí y en Qulqichaka, Potosí. Este hecho llegaría a conmocionar no solamente a las autoridades del gobierno sino también a los políticos de ese momento. La sublevación de Jesús de Machaqa no fue una cuestión local sino que se trasladó al poder Legislativo, especialmente para la discusión política y social.

La interrogante fue cómo entender el doble comportamiento del Presidente de la República, Bautista Saavedra, antes y durante la sublevación; siendo en primera instancia defensor de los procesados de Mohoza en 1901. En 1920 como interpelante a los ministros de Defensa y Justicia por la muerte del líder indígena Prudencio F. Callisaya en el cuartel del Regimiento Avaroa en Guaqui, no supo actuar de la misma manera  y en 1921 más bien permitió la masacre. Recordando el manifiesto de los campesinos de 1947 del departamento de La Paz, se puede decir: hermanos machaqueños «por lo visto nuestra historia es triste, pero de eso no debemos más lamentarnos» porque ahora por voluntad nuestra hemos reconstituido nuestra marka para que nos respeten nuestros derechos.

 Por lo tanto es pertinente rendir homenaje a nuestros héroes de lucha: Faustino y Marcelino Llanqui, porque ellos supieron enfrentar con valor las injusticias de las que eran objeto en esa época.   Jallalla.

Notas:

* Es historiador aymara, licenciado en la UMSA. Unidad de Investigaciones Históricas Unih-Pakaxa
1  Choque Canqui, Roberto. Jesús de Machaqa: la marka rebelde 1. Cinco Siglos de Historia. La Paz, CIPCA/PLURAL, 2003.
2  Choque Canqui, Roberto. «La sublevación y masacre de Jesús de Machaca». En: Antropología Nº 1. 1979.
3  Choque Canqui, Roberto. La masacre de Jesús de Machaca. La Paz, Chitakolla, 1986.
4  Choque Canqui, Roberto y Esteban Ticona. La Paz, Jesús de Machaqa: la marka rebelde 2. Sublevación y masacre de 1921. La Paz, CIPCA/CEDOIN, 1996.

 

 

Reflexiones sobre Warisata y la masacre de Jesús de Machaqa

Camilo Castellanos *

Jesús de Machaqa en 1921
Una vista del pueblo de Jesús de Machaqa en 1921.

Lo enviaron (a Elizardo Pérez) a dirigir la Escuela Normal Indigenal de Miraflores. Apenas duró quince días en el cargo. No había un campesino, un indio siquiera. La Escuela Normal era una farsa destinada a formar burócratas para mayor explotación de los indios, una farsa a la que no iba a contribuir. Elizardo Pérez fue con su renuncia en el bolsillo ante el mismo ministro Bailón Mercado.

— ¿Qué es lo que entonces piensa usted, Pérez?, preguntó el ministro.

— Yo pienso que la escuela del indio debe estar ubicada en el ambiente in-dio, allá donde él lucha para no desaparecer; que no debe contraerse únicamente al alfabeto, sino que su función debe ser eminentemente activa y hallarse dotada de un evidente contenido social y económico; que los padres de familia deben cooperar a su construcción con su propio trabajo…

El maestro Pérez fue soltando imparable la catarata de sus sueños.

— Eso, eso que está usted pensando, eso vaya usted a hacer, concluyó el ministro Mercado.

Aquí fue la largada de Warisata Escuela - Ayllu.

Con la misión que se había impuesto y que ratificara el ministro, Pérez salió a buscar un lugar para su proyecto. Fue a Santiago de Huata, a orillas del Titicaca, pero los indios no estaban cerca. Siguió explorando sin éxito por Kalaque, Tiquina, Copacabana y Achacachi, capital de la provincia de Omasuyos. A doce kilómetros de Achacachi estaba Warisata, allí debía vivir un viejo conocido, Avelino Siñani. Se organizó una reunión con la indiada de Warisata para que el maestro expusiera su idea. En efecto, allí, estaba Siñani. «Nos confundimos en un abrazo fraterno y solidario —escribió Pérez—. Estábamos sellando nuestro común destino». El 2 de agosto de 1931 se fundó formalmente la Escuela, con todo y bendición de la primera piedra por el vicario foráneo. De manera provisional la escuela funcionaría en una capilla destartalada y se destinaba para vivienda del maestro una choza igual a la de cualquier indio del vecindario.

Warisata, semillero de vicuñas en aymara, está ubicado entre el lago Titicaca y el nevado Illampu. Como todo el altiplano, produce una cosecha en la época de lluvias, mientras el resto del año es una pampa hosca y gris a cuatro mil doscientos metros sobre el nivel del mar. Allí, precisamente, los vientos provenientes del nevado se arremolinan y como agujas torturantes se clavan en los huesos. En la zona sobrevivían algunos ayllus a la voracidad de los hacendados, sin que fueran más de diez los indígenas libres. Con todo, fue el sitio que Pérez escogió para desarrollar su proyecto educativo, empresa en la que lo acompañaron desde el comienzo un maestro carpintero, otro mecánico y su esposa y un tercero albañil.

Lo primero fue empezar la construcción de la Escuela. Se trazaron los cimientos con la ayuda de los planos estandarizados que le habían entregado al flamante director. Pero ni las autoridades de Achacachi, ni los indios aparecieron por parte alguna. Los maestros parecían los únicos habitantes de la pampa. Un día, el mecánico y su mujer, el carpintero y el albañil decidieron marcharse. Pérez les increpó que esta era un retirada vergonzosa y que el deber era insistir, quedarse. Y se quedaron.

Lo que más resentía Pérez era la ausencia de Siñani. Un buen día, a las tres de la tarde, por fin apareció Siñani. El director le pidió ayuda y trabajaron juntos hasta entrada la noche. Cuando hubo modo, Pérez le confiesa su sensación de abandono y desamparo. Avelino le responde:

No, tata, no te hemos abandonado a tu suerte. Desde todos los puntos de esta pampa aparentemente desierta miles de nosotros te contemplamos con admiración. Ya saldremos a ayudarte, ten paciencia. Como me dices, sabemos que estás pisando barro, que tus manos ya están encallecidas, que trabajas desde las cinco de la mañana hasta que muere el día. Todo lo sabemos… nada se nos ha pasado desapercibido. Desde los riscos de la montaña, de todas partes, desde nuestra chujllas (chozas) te observamos. Ten paciencia, tata. Muy pronto las india-das de esta tierra sagrada llegarán hasta ti. Se levantarán las pampas y las montañas y como un solo hombre la comunidad íntegra estará a tu lado para cumplir su deber y dar de sí todo lo que le corresponde…

A partir de ese día, Avelino y toda su familia y dos burros de su propiedad se sumaron a la construcción.

La opresión a que estaban sometidos los indios bolivianos es cosa que nunca se acaba de contar. Algo peor que una condena a la que no se ve término por más que la cólera explote en levantamientos tan memorables como tercamente repetidos.

Explotados por los gamonales, los prefectos y los curas a través del pongueaje, sistema por el que el indio y su familia, en riguroso turno, debían prestar periódicamente servicios personales en las casas de los poderosos. Sistema que además debían agradecer. El pongueaje, al poner a los indios en contacto con la vida de los patronos, les permitía aprender sus buenas costumbres. Una escuela de civilidad.

La ignorancia era aprovechada sin reato. Iba el indio a consultar al letrado. Exponía su caso. Grave el tinterillo le respondía:

Este caso se resuelve favorablemente si seguimos este libro — le mostraba un grueso diccionario — y entonces vale cuatrocientos pesos. Con éste, y le señalaba un código menos voluminoso, no nos irá tan bien y vale doscientos pesos. Ahora, con éste, y le mostraba cualquier folleto, no estoy seguro que ganemos y vale cien pesos.

El cura llevaba almas al cielo con responsos de cincuenta pesos. Por responsos de veinte pesos las almas apenas llegaban al purgatorio.

Los comerciantes amarraban a los indios a las cadenas del endeudamiento sin fin que los llevaba a perder sus tierras. Así se formaron las haciendas de Warisata. Los recaudadores de impuestos se quedaban con la exigua producción del indio cuando llegaba al mercado, exigiendo contribuciones exorbitantes. Cuando un indio tenía un billete de alta denominación, era conducido a la policía donde debía demostrar la legítima posesión.

Achacachi — Villa de la Libertad, como se proclamaba vanidosa — vivía del trabajo del indio. Pero era tratado peor que una bestia de carga. Se lo flagelaba en público por cualquier minucia, se lo encarcelaba sin juicio, se lo despojaba por todos los medios. El indio debía callar sin esperanza.

En 1921, por un motivo insignificante, dos indios fueron llevados a la cárcel. El corregidor implacable les impuso una elevadísima multa con la condición de que no habría alimentos para los dos presos mientras no se sufragara la multa. Pasó un día y varios días pasaron. En el entretanto, los blancos del pueblo hicieron un gran jolgorio en el que derrocharon alcohol hasta el hartazgo, desatentos a los ruegos de los parientes. Cuando en la resaca se acordaron de los presos ayunantes, fue el corregidor a reclamar el pago, pero era tarde, ningún muerto paga multas. Indignada, la comunidad reunió el Cabildo que decidió hacer justicia por mano propia. El corregidor, que tenía el olfato de un perro, se olió lo que venía y huyó a La Paz. El Cabildo envió una comisión y otra más con el encargo de traer de nuevo al pueblo al infame corregidor. Y lo lograron con astucia y con regalos que el funcionario desatendiera su olfato. Fue entonces cuando se oyó el llamado potente de los cuernos de guerra. Todo el vecindario indígena cayó sobre el pueblo y lo incendió. Allí murieron el corregidor encerrado en su casa de habitación y algunas personas más que no pasaron de diez. Sólo se salvaron tres edificaciones del fuego justiciero, una de ellas la iglesia. Enterado de lo sucedido, el mismo presidente de Bolivia, Bautista Saavedra, envió mil doscientos hombres del arma de caballería, quienes atacaron con saña todo lo que pareciera indio: los ranchos fueron incendiados, destrozados los sembrados, el ganado sacrificado, cazados como conejos los niños, las mujeres, los ancianos indígenas. No se sabe cuántos indios murieron, de una masacre igual no se tiene noticia en la historia boliviana que cuenta hasta el tedio estas matanzas. Fue la masacre de Jesús de Machaca.

¿Por qué, entonces, los vecinos de Warisata debían creer a Elizardo Pérez que a pesar de su discurso no dejaba de ser un kára más?

*   Extractado de la Revista PASOS Nº 6, DEI, San José de Costa Rica, junio 1986

Volver al último número de Pukara
Ver los números pasados de Pukara