
Editorial del Nº 34 del 7 de agosto al 7 de septiembre de 2008
“Después de todo, como lo dijo un luchador indianista, quizás Evo Morales sea sólo un gobierno de transición”
La elección de Evo Morales a la presidencia de Bolivia despertó, indudablemente, importantes expectativas y esperanzas.
Estos sentimientos parecen haber sido, sin embargo, radicalmente diferentes según sea el lente nacional o internacional con que se lo considere.
En el extranjero, por un lado jugó bastante la simpatía internacional hacía un acto de justicia histórica: el hecho de que un pueblo oprimido y discriminado, a través de uno de sus miembros, pueda acceder al poder político. En este ambiente se manifestó una actitud en la que la cordialidad política se amalgamó con el exotismo que hace de lo «primitivo» una necesidad de consumo en el primer mundo.
Igualmente, otras aproximaciones internacionales más realistas y descarnadas —al estar involucradas en un contexto de pugnas y enfrentamientos— se sintieron íntimamente identificadas con el fenómeno Evo Morales, al punto de hacer con él una simbiosis donde es difícil separar la manipulación de la colaboración desprendida, por identidad de intereses. Nos referimos a Cuba y Venezuela.
Por otro lado, a nivel nacional el entusiasmo por Evo Morales motivó fundamentalmente a dos sectores: Los pueblos originarios se ilusionaron con la descolonización y el acceso al poder que históricamente le fue vedado. Los grupos radicales de izquierda quisieron ver en nuestro presidente un avatar del Che Guevara, el justiciero social que por fin había de afrentar (y enfrentar) al imperialismo y construir la sociedad socialista en Bolivia.
Estas ilusiones —disímiles y en algunos casos contradictorias— han sido desengañadas, dejando paso a un panorama incierto y confuso. En este ambiente parece resistir mejor el enfoque extranjero. El primer mundo parece haber saldado simbólicamente su responsabilidad en la colonización y la desgracia de los pueblos originarios, al apoyar al «gobierno indígena» en sus aspectos más simbólicos, que están al límite del folklorismo. Cuba y Venezuela, por su lado, están complacidos, pues a nivel político y diplomático Bolivia les brinda un apoyo que difícilmente pueden encontrar en otro país latinoamericano.
La frustración se concentra, en consecuencia, en el ámbito nacional. Después de la ilusión es pues necesaria la reflexión. La característica errática y desconcertada de este gobierno acaso sea solamente la particularidad necesaria de períodos previos a situaciones históricas de verdadero cambio y transformación. Quizás, después de todo, Evo Morales sea solamente un gobierno de transición, como lo dijo un antiguo luchador indianista.
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